Ritmo y respiración - Mayo 2020
Acompasarnos.
Ir con nosotros mismos.
El ritmo se percibe en el cuerpo y cuando al cantar nos corremos del ritmo, o nos perdemos, podría ser porque justamente nos fuimos del cuerpo, es cuestión de volver a él para acomodarnos. Por ejemplo, danzar la canción. “Danzacantar”.
Lo mismo sucede cuando nuestro
cuerpo se altera con ciertos estados emocionales, como la ansiedad, con la que
nos aceleramos, o la depresión, con la que nos ralentamos.
Podríamos pensarlo como un tipo
de desafinación, de no estar “afín” con nosotros mismos, de habernos perdido el
paso, con un pié en el presente, y el otro en otro lado.
El sentido rítmico está ligado
a lo vital desde el principio de los pricipios. Nos gestan durante nueve meses
al compás del corazón, un sonido vibrante, rítmico, y constante. Y la propia
gestación al compás de la luna. Y la luna se acompasa con la tierra, y la
tierra le sigue el paso al sol, y así la vida. Lo que es adentro es afuera y
del revés.
Desde ya, para poder encontrar
nuestro propio ritmo, es necesario comprender que se trata de la combinación
entre dos momentos: sonido y silencio; todo pulso es movimiento y suspenso.
Lleno y vacío. Tal y como nos lo muestra durante toda nuestra existencia, la
respiración. Un entrar y salir. Un tomar y soltar. Y a menudo nos angustiamos o
conflictuamos con alguno de estos aspectos. Entonces tropezamos nuestro paso,
alteramos nuestra respiración, nos corremos del compás, y dejamos de fluír.
Es en nuestro pulso cardíaco, en nuestro ciclo respiratorio, en el caminar, en el danzar y en el cantar, donde suelen manifestarse estos “tropezones”, algo no estamos coordinando en nuestra vida, y cuando esto sucede, es que algo dejamos de escuchar.
Entonces les propongo una
experiencia de contacto con nuestro ciclo respiratorio.
Primero, tomar consciencia de
que los dos movimientos que la conforman, inspiración y exhalación, están
enlazados por otros dos mínimos movimientos al los que llamaremos “suspenso”. Para
comprenderlo nos puede servir visualizarnos en una hamaca, donde no sólo vamos
y volvemos, sino que hay un breve momento en los extremos de este vaivén, en
dónde nos quedamos suspendidos antes de cambiar de dirección. La experiencia
consta en detenernos un momento más en cada unos de éstos movimientos
respiratorios.
Entonces, comodamente sentades,
cerrando los ojos, observamos nuestra respiración, sin modificarla y sin
enjuiciarnos: Cómo respiro? Qué partes de mi cuerpo involucro? Cómo es mi
ritmo? Qué momento me resulta más cómodo? Qué me cuesta más?
Luego nos iremos quedando un
poco más de tiempo en cada momento para percibirnos allí.
Inspiro, suspendo, exhalo,
suspendo…
Inspiro lentamente y me
sostengo con mis pulmones llenos: Cómo es estar lleno? Cómo es sostenerme en la
abundancia? Cómo me siento reteniendo?
Y luego exhalo: Cómo me siento
soltando? Me costó? Me angustié? Me alivié?
Después me detengo en el vacío:
Qué emociones registro aquí? Cómo es sentir el vacío? Con qué lo relaciono?
Cuánto me cuesta?
Y finalmente, durante una lenta
inspiración, cómo es tomar lo que necesito? Cuánto tomo? Qué emociones
aparecen?
Lo repito las veces que
necesite para ponerme presiso en el registro, y luego voy soltando el control
respiratorio hasta encontrar un ritmo orgánico que tal vez sea un nuevo movimiento,
o no. Sólo contactense.
Seguirnos el paso, no forzarnos
ni demorarnos, encontrar nuestro tiempo, nuestro propio ritmo, es toda un
aprendizaje.
Si “el ritmo es el orden
acompasado en la sucesión de las cosas” (según la R.A.E.), entonces les invito
a escucharnos y acompasarnos.


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