Sobre la Voz - Abril 2013
El sonido mismo de nuestra voz, su textura, el cuerpo, la forma de ese cuerpo sonoro, es tan característico, tan particular como una huella digital. Más allá -o más acá- de la palabra, del contexto, de la intención, de lo que dice, lo que no dice, de lo que subyace, de su melodía, de su resonancia, de su afinación, nuestra voz nos identifica, nos revela, nos reconocemos: una huella de identidad sonoro-vocal.
La voz es una resultante de un cuerpo, con emoción y energía. No es por sí sola. Por lo que “no le pasa nada a la voz” sino le está pasando a la persona (del latín personare, y quiere decir: sonar a través de.) Nuestra voz se encarga justamente de que podamos escucharnos, vernos en lo que no vemos: el estado interno de nuestro cuerpo, nuestra carga de energía, nuestra situación emocional, nuestra historia.
En el Tao encontramos que “la voz es un hilo dorado que une el cuerpo con el alma”; otros la definen como el “canal por el que circulan las pasiones del hombre” (Ana María Gómez); están quienes la ubican “entre el lenguaje y el cuerpo” (Jorge Alemán); y los que afirman que “no existe ningún otro instrumento musical que disponga de tantas variables para la formación de su sonido”. Me gusta pensar que la voz es un puente, un puente hacia uno mismo.
Cantamos en la ducha, cantamos por la calle, bajito en el subte, o a los gritos en el auto. Cantamos porque estamos un poco tristes, o por pura felicidad. Cantamos para que se duerma un niño, y nos han cantado para mimarnos. Cantamos en un fogón y buscamos a ver quién canta con nosotros. Cantamos en la cancha, y cantan para que llueva. Canturreamos, tarareamos, susurramos melodías al oído.
Cantar
en su función primaria, es una necesidad, cuando hablar ya no resulta suficiente. Y también es un regalo, una
vibración desde lo profundo, desde las raíces, viajando a través desde nuestro
eje, desplegándose hacia la vida misma, o una ofrenda hacia el otro, generado
por el aire que respiramos ambos.

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