La Voz Puente - Noviembre 2011

                        ¿Podría la voz ser un puente a la psiquis?

                        ¿Podríamos a través del canto modificar algo en nosotros?

                        ¿Desplegar algo de nuestras emociones?

                        ¿Cambiar un rumbo?

 

 “Siento la voz vigilada”.[1]

He escuchado voces que parecieran estar al borde del llanto.

Voces temerosas de ser castigadas.

Voces frágiles, ahorcadas, quebradas.

Voces veladas, tomadas, desconocidas, aniñadas.

Voces monótonas, voces encerradas.

Voces de pito, rechazadas, flageladas.

Voces con miedo, voces apagadas,  ahogadas, o enterradas.

Voces alteradas, desordenadas,

reprimidas, sobreexigidas, y juzgadas.

Voces  con sobrepeso, deformadas, distorsionadas.

Voces aturdidas, desterradas, enmudecidas.

Voces sin grito.

Voces sin cuerpo.

Voces sin alas.

 

Habitualmente cuando escuchamos a alguien tendemos a pensar que la voz “es” ronca, o disfónica, o nasal... en cambio, si observamos un cuerpo encorvado, con el pecho hundido, o con dolores crónicos, hablamos de un cuerpo dañado, sabemos que corregir, reeducar, comprender, encontrar qué lo afecta, lo ayudará a mejorar su postura, su estado físico.

En la voz ocurre lo mismo, solo que no la podemos ver.

Invisible e intangible, nos obliga a vincularnos desde la percepción y la escucha.

 

 “Hay algo que siento, como que no sea mi voz”.

 

“Mi voz está como aguantada”.

 

Las voces transportan en su sonido cierta información que completa la palabra, incluso la intención. Un simple “Hola” cuando atendemos el teléfono nos cuenta de la tristeza, alegría, congoja, o euforia del otro, de su cansancio, de su salud o edad. Aunque estos son aspectos temporales, también podemos escuchar aspectos anquilosados: cuando la voz “es” y no solo “está”. 

¿Qué nos dice entonces, una voz velada, una voz ronca, o aniñada?

¿Qué porta una tonalidad aguda o grave, un quiebre en esa voz?

¿Qué se trasluce en la monotonía o en el caos tonal, en el alto volumen o en un susurro...?

¿Qué, en el tono chillón o en una voz engolada[2]?

 

“Mi voz no es demasiado sonora. Podría haber sacado el vozarrón de mi madre”.

 

 

            El hecho de hablar requiere por lo general, de un pequeño espectro de nuestra extensión vocal: utilizamos en lo cotidiano un rango de unas cinco a siete notas en una extensión posible de dos o tres octavas (veinticuatro notas).

Pienso que cantar es llevar al máximo nuestra posibilidad sonoro-expresiva, como la danza lo es a los medidos movimientos cotidianos.

 

“Siento que mi voz no se mueve”.

 

“Cantamos porque no nos es suficiente con hablar” nos dice Alain Didier-Weill[3], y “porque el grito no es bastante, y no es bastante el llanto ni la bronca” afirma Mario Benedetti[4].

Cantar es llevar nuestra voz hasta sus fronteras, es elongarnos, desperezarnos, amplificarnos. Es en ese despliegue donde podemos escucharnos, vernos reflejados y reconocernos, y así, poder traspasar techos, paredes y encontrar subsuelos. Saber que contamos con todo ese espacio nos hace más libres.

Cantar construye.

 

“Me dispuse a cantar, sentí la vibración del sonido en el cuerpo y me angustié mucho:

me acordé del abrazo”.

 

            La resonancia de nuestro propio sonido hace vibrar nuestro cuerpo, una forma distinta de sentirnos, sin tocarnos con las manos, percibirnos desde adentro hacia afuera.

            Es una posibilidad que los movimientos que origina nuestra propia voz como sonido, su emisión y su escucha, la percepción y efectos de su resonancia, también tengan efectos en nuestra estructura.

 “El que canta es mi marido”.

           

Todas las personas con el deseo suficiente y el tiempo necesario, podrían cantar. Pero si su voz se encuentra reprimida, bloqueada, escondida, o dañada, el primer trayecto del recorrido tendremos que dedicarlo a rehabilitar, liberar, reeducar dicha voz.

            En este proceso haremos contacto inevitablemente con diversos aspectos de la persona, con sus emociones, su cuerpo, su psiquis, su historia y todo lo que lo integre.

 

“De niña me callaban bastante. Soy muy grave”.

 

            Estar desafinado va en la mayoría de los casos, mucho más allá del “oído”. Aunque seguramente sí tenga que ver con “lo oído”. 

            ¿Quién lleva la voz cantante?

 

En algunas personas la dificultad radica en una represión severa en su acto de cantar en la niñez. En ese momento por carecer de la cualidad de la entonación, son reprimidos por su entorno. Las palabras, motes, o risas de una madre, una tía, o un abuelo, los dejan fuera de las actividades relativas al canto.

 

Desafinado… Perro… Gritón… Voz de pito…

No servís, por qué no te dedicas a otra cosa?

 

Ha sido el caso de muchos que al ingresar a la escuela primaria, fueron castrados en sus expresiones artísticas, sin priorizar sus impulsos genuinos, al plasmar su creatividad de forma particular en una hoja, una danza, o como en estos casos, en una canción.

 

“Vos hacé que cantás”.

 

Algo se refleja en la voz como sonido en sí mismo.     

Algo la afecta, la toma y la deforma.

Algo se anida, y la obliga a la mutación.

 

En otros casos esta voz deformada será reflejo de algo que tiene que ver con la psiquis.

Por ejemplo, la angustia, la represión, el miedo, la euforia, la ansiedad…

            Un algo se genera allí que empieza a habitar en esa voz, quitándole disponibilidad.

¿Cómo hacer oídos sordos de mi propia voz?

 

“No me quiero escuchar ni a mí misma”.

 

El tránsito para lograr una nueva disponibilidad vocal será en relación al vínculo con la voz propia: su búsqueda, reconocimiento, aceptación y despliegue.

Trabajar sobre el propio sonido, modifica algo en nuestra conformación psíquica.

 

“No sé qué puede salir de ahí adentro”.

 

En ocasiones re-presentar la voz como visual y tangible será una herramienta para esa construcción.

“Me gusta cantar dibujando, me recuerda a la niñez,

cuando todo era una misma cosa, y cuando cada sonido tenía color y forma”.

 

 

Algún diccionario define: la voz es el sonido generado por el aparato fonador humano.

En el Tao[5] encontramos que “es un hilo dorado que une el cuerpo con el alma”. Ana María Gómez, en su libro “La Voz, ese instrumento…”[6] la define como el “canal por el que circulan las pasiones del hombre”; y Jorge Alemán[7] la ubica “entre el lenguaje y el cuerpo”.

Me gusta pensar que la voz es un puente, un puente hacia uno mismo.

            “¿Vale esa voz?”

 

            Más allá -o más acá- de la palabra, del contexto, de la intención, de lo que dice, lo que no dice, de lo que subyace, de su melodía, de su resonancia, de su afinación, el sonido mismo de nuestra voz, su textura, el cuerpo, la forma de ese cuerpo sonoro, es tan característico, tan particular como una huella digital. Nos identifica, nos revela, nos reconocemos: una huella de identidad sonoro-vocal.

 

            “Hacer un poco lo que se me canta”.

 

Una voz sana es también una voz disponible.

Disponible en plenitud, resonante, con su volumen y proyección, con sus agudos y sus graves. Todos sus matices, todas nuestras posibilidades.-

       

 Trabajo final de investigación.

Taller "Voz y Voces".

Fundación Lacantonal,

Coordinación y dirección: Leonor Fefer.

Noviembre 2011


Supervisado por Patricia Mercado.



[1] Todas las encomilladas son citas textuales de quienes vienen explorando su voz durante el trabajo que propongo en las clases de canto.

[2] Engolar: de la gola, garganta. Dejar el sonido en la garganta, provocando un efecto gutural.

[3] Alain Didier-Weill: psiquiatra, psicoanalista y dramaturgo francés (1965).

[4] Mario Benedetti: escritor y poeta uruguayo (1920-2009).

[5] Tao: es un concepto metafísico originario del taoísmo, aunque también se usa ampliamente en el confucionismo, el budismo zen, y en la religión y la filosofía china. La palabra en sí puede traducirse literalmente por el camino o la ruta.

[6] “La Voz, ese instrumento...” Gedisa Editorial (1999) de Ana María Gómez: psicoanalista argentina (1950).

[7] Jorge Alemán: psicoanalista y escritor argentino (1951).


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